La barrera invisible al aprender un idioma
Hace unos días comencé a trabajar con un nuevo estudiante que busca mejorar su calificación en la materia de español.
Antes de nuestra primera clase hablé con su mamá. Durante la conversación, me comentó varias veces que su hijo era malísimo para el español. En nuestra primera sesión, la madre volvió a decirlo, esta vez frente a él. El chico, un poco apenado, simplemente asintió con la cabeza.
Y ese pequeño gesto me hizo pensar en una frase que escuchamos con demasiada frecuencia:
“Soy malo en esto.”
Cuando un estudiante comienza a creerlo, deja de enfrentarse al idioma con curiosidad y empieza a hacerlo esperando equivocarse. Ya no escucha para entender; escucha para confirmar lo que ya piensa de sí mismo. Cada error deja de ser información y se convierte en evidencia.
Lo curioso es que esa frase casi nunca nace en el salón de clases. Nace en casa, en un comentario repetido con cariño, pero sin darnos cuenta del peso que puede llegar a tener. Nace en una calificación baja que alguien convirtió en etiqueta. Nace, muchas veces, antes de que el estudiante haya tenido siquiera la oportunidad de intentarlo en serio.
Y cuando una etiqueta se repite lo suficiente, deja de sonar como una opinión y empieza a sentirse como un hecho.
Por eso, una parte importante de enseñar un idioma también consiste en cambiar esa conversación interna.
No se trata de fingir que el error no existe, sino de ayudar al estudiante a distinguir entre “me equivoqué” y “no puedo”. Son dos frases muy distintas, aunque a veces se sientan igual.
No sé todavía cómo terminará el proceso de este estudiante. Pero sí sé que, antes de conjugar un verbo, necesita empezar a escuchar una historia distinta sobre sí mismo.
Y esa, creo, es una de las partes más importantes de mi labor.